LIFESTYLE

Jamás ha habido un niño tan adorable que la madre no quiera poner a dormir. –Emerson.

La Felicidad en los Niños y Más Allá de lo Material

La Felicidad en los Niños y Su Deformación

Por Zohar Epstein

Si bien algunos estudios indican que los niños tienen la capacidad de reír hasta 400 veces al día y el adulto entre 20 veces y un máximo de 100 aquellos que son los más alegres, nos encontramos con las preguntas: qué determina que los peques cuando crecen vayan eliminando su capacidad de reír, puesto que la risa es uno de los principios al camino de la felicidad.

Entiéndase que la felicidad hasta se le considera como una palabra que la humanidad ha creado como si fuera abstracta y utópica.

La felicidad es, según algunos el estado emocional en la sensación de bienestar y realización que experimentamos cuando alcanzamos nuestras metas, deseos y propósitos… cosa que un bebe es increíble que tenga metas y objetivos a realizar.

También se plantea que es un momento duradero de satisfacción, donde no hay necesidades que apremien; sin sufrimientos que atormenten.

Y es considerada como una condición subjetiva y relativa, puesto que no existen requisitos objetivos para ser felices.

Dos personas no tienen por qué ser felices por las mismas razones o en las mismas condiciones y circunstancias.

Y es por eso que nos preguntamos si un crío pequeño ríe tantas veces en su estado de plenitud natural, entonces ¿porque no proseguir con ese estado de ánimo o de ser y que continúe su crecimiento en la misma característica plena y feliz?

Claramente el entorno familiar, social, escolar, religioso o cultural de los niños es el determinante para su formación o mal formación en el sentido literal.

Aunque no fuera un determinismo como tal, los niños en su capacidad de sentirse plenos con limpieza, alimento juego y cariño, se van amargando y llenando de miedos inclusive. Y si a eso se añade un entorno violento, la felicidad cada vez se haría más lejana a dicho individuo.

Según Humberto Maturana Romecín, biólogo y escritor de autoayuda chileno, Premio Nacional de Ciencias (1994) presenta el ejemplo de un niño que está creciendo.

Sus padres lo colocan en tal colegio, crece de cierta manera aparente en ciertas habilidades que se dice que adquiere. Si los padres colocan al mismo niño en otro colegio crece de otra manera con otras habilidades. Ahí es cuando se habla de aprender, pero, de hecho, lo que hacen los padres y maestros al poner a un niño en un colegio es introducirlo en un cierto ámbito de interacciones en el cual el curso de cambios estructurales que se están produciendo en el peque.

Es decir; él va a ser uno y no otro. De manera que todos sabemos que no da lo mismo vivir de una forma o de otra. Ir a un colegio o a otro.

El niño aprende a hablar, sin captar símbolos, transformándose el espacio de su convivencia configurado en sus interacciones con la madre, el padre, otros niños y adultos que forman su mundo.

En este espacio de convivencia de su cuerpo él va cambiando como resultado de esa historia y siguiendo un curso contingente a esa y el niño es expuesto a una historia humana y no vive una transformación en ella; en su misma historia, en un vivir no “tan” humano, sino en un humano resultado de un sistema.

Cabría preguntarse entonces: ¿somos los adultos con nuestra amargura y nuestra esclavitud del sistema quienes determinamos la distorsión y la decadencia de la felicidad en los niños?  ¿Esa felicidad natural y plena se deforma? ¿Los adultos somos resultado de deformaciones sociales, familiares, culturales o religiosas?

Es por eso que uno de los objetivos de la famosa Risa Terapia, payasos de la risa, o yoga de la risa, tienen más convocatoria de familias para realizar dichas actividades de reír, como un principio relajante, pero si hay que considerar que, si bien pudiera ser una fuga, habría que detenerse, hacer una pausa y considerar buscar ayuda profesional.

La felicidad entonces, no es un regalo o un privilegio. Es un derecho.






La Felicidad Más Allá de lo Material

Con frecuencia escuchamos decir a nuestros papás, que desean que estemos bien y que seamos felices.  Eso mismo nos pasa cuando nos volvemos padres: queremos que nuestros pequeños lo sean. ¿Cómo enseñarle a un niño, eso en lo que a nosotros la vida misma nos ha puesto a prueba? ¿Cómo conseguir ese elixir de felicidad, sin extraerlo de lo material? Aquí siete consejos prácticos para padres de pequeños y no tan pequeños…

Desde el punto de vista psicológico, la felicidad es una condición interna que implica alegría y satisfacción, y que se puede producir como resultado de diversos elementos. En primer lugar, la felicidad se asocia con el sentimiento y las emociones derivadas de experiencias placenteras: aquello que simplemente se siente bien en el cuerpo. La felicidad también puede surgir de otro elemento: nuestra evaluación del estado de las cosas y qué tan satisfechos estamos con ellas. Por último, en un tercer plano, uno mucho más trascendental, la felicidad resulta una consecuencia del sentido que le hayamos encontrado a la vida; en otras palabras, somos felices cuando sentimos que nuestra vida vale la pena y tiene un propósito.

Si bien sería difícil que en sus primeros momentos de vida un pequeño alcanzara estos últimos niveles de entendimiento, no hace falta que nadie le explique la definición de felicidad, para que comiencen sus experiencias de bienestar o falta de ello. Y entonces la pregunta que muchos padres intentan contestar con remedios que tarde o temprano resultan limitados o pasajeros: si no es con un dulce o un juguete, ¿cómo le ayudo a mi hijo a ser feliz? Diversos estudios coinciden en estas siete recomendaciones que hoy compartimos contigo.

1. Permitirles fluir naturalmente con las emociones en lugar de interrumpirlas. Algunos papás intentan evitar momentos dolorosos en la vida de sus hijos. Si algo no placentero ocurre, actúan para que dejen de llorar pronto. Incluso de grandes algunos tenemos esta tentación de decir a otros esa frase que desde nuestros primeros años queda tan grabada en nosotros: “ya pasó.”  La vida es un conjunto de experiencias algunas gratas y placenteras, otras lo opuesto. Enseñar a un hijo a ser feliz, por lo tanto, tiene mucho que ver con ayudarlo a transitar y salir de esas experiencias no gratas, en lugar de tratar de evitarlas. Permitir a los hijos fluir naturalmente con sus emociones, por ejemplo: dejarles llorar o gritar hasta que hayan acabado de expresar algo, es muy importante en lugar de enseñarlos a callar y quedar atrapados en lo que guardan dentro. Las cosas pasan cuando dejamos que las emociones asociadas a ellas sean expresadas, pues es entonces cuando recuperamos el sentido de bienestar que nos ayuda a recordar, a pesar de lo ocurrido, todo lo esencial siempre se encuentra en su lugar.

2.  Jugar con ellos y pasar tiempo juntos.  Nunca olvidaré a un novio que tuve, quien a veces los fines de semana, cuando tenía a sus hijas con él, al no saber qué hacer con ellas ¡les ponía a jugar póquer! Más allá de lo debatible que podría ser poner a los hijos a jugar cartas, sin saberlo con ese fresco intento por estar cerca de ellas, él estaba activando un principio de estimulación emotiva que a veces pasamos por alto: más allá de lo divertido que pueda ser un juego, pasar tiempo con los hijos para jugar con ellos, es un gran detonador de felicidad por la dicha que se genera ante la sola presencia y atención de los padres. Compartir tiempo juntos, aunque no haya un juego de mesa o un balón de por medio, por ejemplo: para reír por las caras y gestos del otro, puede ser un magnífico regalo para tus hijos, quienes, además, sin pensarlo, disfrutarán al descubrir que pueden hacerte reír y disfrutar a ti. 

3. Celebrar por el aprendizaje que nos dejan los errores. Es frecuente, cuando ocurre una falla, que algunos padres decidan castigar a los hijos por su error, asilándolos de su presencia o dejando de hablar con ellos. Ante lo desagradable de la experiencia del castigo, para algunos niños estas medidas en lugar de ayudarles a entender cómo podrían manejar las cosas de una manera distinta, simplemente fomentan su deseo de no volverse a equivocar. Nos equivocamos porque no tenemos suficiente experiencia en algo. La única manera de aprender, es precisamente fallando. Padres que con su ejemplo enseñan a sus hijos acerca de cómo reír y aprender de sus fallas, así como aquellos que celebran cuando sus hijos pronto se vuelven a levantar, padres que los abrazan y besan cuando están de pie, después de que se han caído y han llorado, están poniendo las bases para la felicidad futura de ese pequeño que tienen frente a ellos.

4. Ayudarles a ver el lado positivo de lo imprevisto. Existen formas simples de enseñar a los hijos a comprender que siempre hay otra manera de ver las cosas y que podemos sacar máximo provecho de lo que ocurre, aun cuando esto no fuera lo que estábamos esperando. Nunca olvidaré la dicha que me generaba jugar a adivinanzas con mi mamá, cuando se iba la luz en casa.

5. Enseñarles que lo que construimos es como un castillo de arena. Desde las primeras etapas de nuestra vida experimentamos lo que significa el apego y el desapego. Hay algunos juegos que pueden ser muy útiles para inculcar en un niño lecciones de desapego, lo que contribuirá de manera fundamental en su felicidad futura.  Practicar la construcción de castillos de arena y saber que, como parte del juego, al acabar, el mar, el viento, los compañeros, o uno mismo desmoronará esa obra maestra, ayudará a tus hijos y a ti al recordar que no importa lo que ocurra, siempre se puede volver a empezar. 

6. Incentivar sus sueños al ponerlos en movimiento. Los sueños son el principal motor en la vida de un ser pleno. Ante el explosivo surgimiento de las pantallas de plasma que muchas veces nos invitan a quedarnos en un sofá, nada más importante que recordar que nuestros sueños aparecen cuando estamos en movimiento. Propiciar actividades, que tus hijos elijan según sus preferencias y gustos, tales como bailar, correr o andar en bicicleta, en las que esté involucrado el movimiento de las extremidades del cuerpo, así como su visión panorámica, activará desde tempranas edades el uso del hemisferio derecho, justamente esa parte del cerebro a cargo de nuestra creatividad y nuestros sueños.

7. Regalarles sorpresas inesperadas. A los niños les gusta mucho romper papel, así como abrir regalos. Envolver en cajas y bolsas tarjetas con frases como “vale por un beso” y jugar a escoger un regalo para recibir una sorpresa pueden ser muy útiles para enseñar a tus hijos que somos merecedores de amor, por lo que somos y no por lo que hacemos. Estas sorpresivas muestras de afecto en momentos buenos y malos, son uno de los mejores regalos que tú les podrás dar.

Poner en práctica este tipo de recomendaciones no solo ayudará a tus hijos sino a ti mismo al darte cuenta de lo que otros buscadores de la felicidad tarde o temprano encuentran: que normalmente el que da es el que más recibe. Padres que buscan la felicidad de sus hijos a través de este tipo de recursos, mucho más de lo que dan, es lo que pueden recibir a cambio.